Tras 850 artículos sobre protección de datos personales y seguridad de la información, si tuviera que dar un consejo, sería el siguiente:
A las empresas, les diría que no vean la protección de datos como un lastre o un simple trámite burocrático. Es exactamente lo contrario: un valor añadido que refuerza la reputación, genera confianza y diferencia a las organizaciones que se lo toman realmente en serio de aquellas que solo aparentan cumplir.
La protección de datos no es flor de un día; es una carrera de fondo. Muchas organizaciones fracasan precisamente por falta de constancia. Comienzan con buenos propósitos, implantan medidas y cumplen formalmente… pero, al poco tiempo, se relajan y pierden el control sobre la información.
Cuando una empresa protege de forma rigurosa la información de sus clientes, empleados y colaboradores, no solo cumple la ley: transmite solidez, profesionalidad y respeto. Ese compromiso, mantenido en el tiempo, se convierte en un activo intangible de enorme valor.
Lo más preocupante es la cantidad de empresas que se esconden tras una falsa apariencia de legalidad. Cuentan con avisos legales, banners de cookies, formularios de consentimiento y políticas de privacidad impecables sobre el papel. Sin embargo, si se rasca un poco, no hay nada detrás: ni controles reales, ni formación, ni seguimiento, ni verdadera voluntad de cumplir. Esa fachada puede funcionar durante un tiempo, hasta que se produce un incidente. Entonces la realidad se impone y el daño reputacional y económico suele ser mucho mayor de lo que habría costado hacer las cosas bien desde el principio.
Deben comprender que no existen organizaciones exentas de riesgo. Por ello, es crucial adoptar una actitud proactiva e invertir en ciberseguridad. En la medida de sus posibilidades, reserven una partida en el presupuesto anual para ciberseguridad. No debe contemplarse como un gasto, sino como una inversión.
A las personas físicas, les diría que no faciliten sus datos personales a cualquiera ni de cualquier manera; que se informen sobre quién gestiona su información y que sean especialmente celosos de su intimidad personal y familiar. No deben exponerla de forma pública en redes sociales y, mucho menos, cuando afecta a menores. Todo lo que hacemos en internet deja huella y esa huella digital no siempre es fácil de eliminar.


