Las empresas responsables del desarrollo de la inteligencia artificial no obtienen beneficios; es más, tienen pérdidas masivas y un ritmo de gasto que supera, con creces, los ingresos.
Para seguir desarrollando sus modelos y escalarlos hasta llegar a la inteligencia artificial general, las compañías necesitan recaudar miles de millones. Gran parte de ese gasto se financia con capital de riesgo, deuda de los partners y valoraciones elevadas. Por ejemplo, OpenAI ha firmado contratos multimillonarios con Microsoft, Oracle, CoreWeave, Amazon y otros proveedores de infraestructura.
En el caso de OpenAI, las proyecciones apuntan a un flujo de caja libre negativo acumulado de 278.000 millones de dólares entre 2026 y 2030, así como a un gasto previsto en computación e infraestructura de unos 856.000 millones de dólares hasta 2030. Estas estimaciones sugieren que los 122.000 millones de dólares captados en marzo de 2026 podrían agotarse en 2028. En 2025, la compañía registró ingresos de 13.070 millones de dólares, frente a una pérdida operativa de 20.920 millones.
La estrategia está clara: crecer sin medida, al coste que sea; así, cuanto más grande e imprescindible se vuelva la infraestructura de OpenAI, más difícil será dejarla caer. Se crea un efecto de “too big to fail” (demasiado grande para permitir que quiebre). Ante el riesgo de quiebra, surgen las vías de socialización:
- Participación del gobierno (ya se ha hablado de propuestas de participación pública en empresas de IA por parte de Trump).
- Rescates implícitos (a través de contratos públicos o de la consideración de la IA como infraestructura estratégica nacional).
- Ayudas, créditos o garantías estatales.
El problema no es una empresa concreta, sino el universo de empresas de IA. OpenAI actúa como nodo central de un ecosistema: las grandes compañías de cloud que operan a gran escala (Microsoft, Amazon, Google, Oracle…) obtienen ingresos masivos vendiendo cómputo a OpenAI y a sus competidores. Al mismo tiempo, los fabricantes de chips (especialmente Nvidia) dependen en gran medida de esta demanda. Si OpenAI (o el conjunto de laboratorios frontier) se enfrentara a una gran crisis, el efecto dominó podría ser considerable. Por eso, analistas como Ed Zitron, han comparado a OpenAI con el “Lehman Brothers de la IA”.
El tema es que mientras el negocio funcione, los beneficios quedan en manos de las compañías y sus inversores, pero, si fracasa, una parte de las pérdidas termina pagándose con dinero de los contribuyentes, es decir, se privatizan las ganancias y socializan las pérdidas. Esto fue lo que pasó con los rescates bancarios tras la crisis de 2008, cuando se utilizaron fondos públicos para sostener a entidades financieras y parte de esas ayudas nunca se recuperó.
Conclusión
Estas empresas están en modo de quema masiva de capital, sostenidas por la apuesta de que la inteligencia artificial general acabará justificando las inversiones. El problema es que el modelo de negocio tiene que ser rentable a medio plazo, sino habrá problemas.
La dinámica actual plantea un posible riesgo sistémico: uno en el que el fracaso de unas pocas compañías privadas termine siendo un problema de todos, incluso a escala global. El tiempo dirá.


