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JAVIER CASAL TAVASCI

Más IA, menos consumidores: una trampa económica

En medio de una ola de despidos impulsada por la implantación de la IA, surge una pregunta incómoda: ¿por qué siguen reemplazando a sus trabajadores con IA incluso cuando son conscientes de que esta estrategia puede destruir el poder adquisitivo de sus propios clientes? Es sencillo de entender: si me quedo sin empleo, me quedo sin recursos para consumir.

Los economistas Brett Hemenway Falk, de la Universidad de Pensilvania, y Gerry Tsoukalas, de la Universidad de Boston, publicaron el 2 de marzo de 2026 un paper titulado The AI Layoff Trap (La trampa de los despidos en la IA).

Según los autores, las empresas no actúan por codicia irracional, sino que están atrapadas en un dilema estructural del que es muy difícil escapar. En el corazón del argumento se encuentra lo que los autores llaman la “externalidad de demanda”. Cuando una empresa decide automatizar un puesto de trabajo, obtiene el beneficio completo del ahorro de costes: no paga salarios, prestaciones sociales ni otros gastos asociados al empleado como formación, aumentando los márgenes operativos. A cambio debe soportar una consecuencia negativa: la reducción del consumo que generan los trabajadores despedidos. Esta asimetría convierte la automatización en una decisión racional a nivel individual, pero potencialmente catastrófica a nivel colectivo.

Competencia y potencia de la IA: dos aceleradores de la trampa

Si  la mayoría de empresas optan por el reemplazo de sus trabajadores con IA, el resultado será un empobrecimiento generalizado de los consumidores, que terminará reduciendo la demanda agregada y, paradójicamente, dañando a las propias empresas. Lo más llamativo es que esta trampa se agrava cuanto mayor es la competencia en el mercado, donde la presión por reducir costes se vuelve casi irresistible.

Otro hallazgo clave: una IA más potente y barata no mitiga el problema, sino que lo intensifica. A medida que la IA mejora y reduce drásticamente los costes de automatización, la brecha entre el beneficio privado y el daño colectivo se amplía. En otras palabras: cuanto más eficiente sea la tecnología, más fuerte se vuelve la trampa.

Soluciones

Los autores analizan las soluciones más discutidas actualmente: desde la renta básica universal y los programas masivos de reentrenamiento hasta la participación accionarial de los trabajadores, los impuestos al capital o los ajustes salariales, y concluyen que la mayoría no logra corregir el incentivo estructural subyacente. 

Ante este panorama, Falk y Tsoukalas proponen que la herramienta más efectiva es un impuesto específico a la automatización (automation tax), un gravamen que se cobra cada vez que una empresa reemplaza a un humano con IA, obligándolas a considerar el precio de la demanda que están destruyendo antes de tomar la decisión. Este mecanismo no solo corregiría los incentivos, sino que podría autofinanciarse en parte si los ingresos se destinaran a políticas activas de recolocación o apoyo a los trabajadores desplazados.

Conclusión

El mensaje más potente del paper queda resumido en una frase: «Aunque todas las empresas reconocen que la desaparición de los salarios significa la desaparición de los clientes, ninguna de ellas se detendrá». Las empresas ven el problema con claridad, pero la lógica competitiva les impide detenerse. El problema es que una automatización sin límites conduce hacia una productividad ilimitada y una demanda nula.

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