Resulta incomprensible que, si quieres conectar tu Smart TV a Internet, debas aceptar obligatoriamente que se recopilen tus datos personales bajo políticas de privacidad abusivas, con cláusulas de adhesión innegociables, redactadas en un lenguaje ambiguo y en letra pequeña.
El problema radica en el consentimiento. Al configurar el dispositivo, o aceptas las condiciones de tratamiento de datos (incluida la activación de la tecnología de Reconocimiento Automático de Contenido o ACR, mediante capturas de pantalla de todo lo que se muestra en la pantalla cada pocos milisegundos), o muchas de las funcionalidades quedan inutilizadas. El consentimiento no es libre. El «sí» que la mayoría de las Smart TV están obteniendo no es legítimo.
En Estados Unidos, en diciembre de 2025 el fiscal general de Texas demandó a cinco grandes fabricantes (Samsung, LG, Sony, Hisense y TCL) por recopilar y vender datos de visionado sin consentimiento adecuado mediante ACR, y obtuvo órdenes judiciales temporales contra Hisense y Samsung para detener esas prácticas en Texas. En Europa las autoridades de control (incluida la AEPD) e muestran impasibles, y no lo entiendo.
Los fabricantes de Smart TV y las plataformas digitales (Netflix, YouTube, Amazon Prime, etc.) recopilan datos detallados sobre todo lo que el usuario consulta y ve. Algunos modelos incluso graban audio y vídeo a través de micrófonos y cámaras integradas, a menudo sin que los usuarios lo sepan. Además, pueden localizar su ubicación a través de la dirección IP. Estos datos se envían habitualmente a servidores en la nube de los fabricantes (con frecuencia en Estados Unidos y China) y se comparten o venden a brokers de datos para publicidad dirigida.
Muchas Smart TVs operan con sistemas operativos desactualizados rápidamente o reciben parches de seguridad con poca frecuencia. Esta vulnerabilidad puede ser explotada por hackers, hasta el punto de poder acceder, por ejemplo, al micrófono del dispositivo (disponibles en algunos modelos para poder usar los asistentes de voz integrados como Alexa o Google Assistant).
Surgen muchas preguntas en torno a este tema:
- ¿Por qué permitimos que un dispositivo que compramos con nuestro dinero nos espíe en nuestra propia casa?
- ¿Por qué un dispositivo que debería ser neutral se convierte en un agente publicitario con presencia permanente en nuestro hogar?
- ¿Qué medidas de seguridad implementan los fabricantes y las plataformas digitales para proteger la información recopilada?
- ¿Dónde se almacena toda la información personal recogida?
- ¿Por qué no se facilita a los usuarios el control sobre sus datos personales, estableciendo la opción de borrarlos completamente?
- ¿Por qué las autoridades de control no sancionan a los fabricantes por el riesgo que representan para nuestra privacidad?
Frente a esta invasión de la privacidad, el usuario tiene varias opciones:
- No conectar el dispositivo a Internet, lo que implica quedarse sin servicios en línea.
- Aceptar las cookies y lo que ello conlleva.
- Deshabilitar las cookies, lo cual es complicado porque los fabricantes actúan a través de menús ocultos o configuraciones avanzadas.
Conclusión
Las Smart TVs son un caballo de Troya en nuestros hogares: prometen entretenimiento a cambio de vigilancia, explotación de datos y riesgos de seguridad.
El modelo de negocio de la industria continúa priorizando los datos del usuario por encima de la privacidad.
No se pierda nuestro podcast sobre el artículo


