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JAVIER CASAL TAVASCI

Teléfonos inteligentes y salud mental

El uso patológico de los teléfono inteligentes (smartphone) ha generado una nueva terminología para describir sus efectos:

  • Nomofobia: miedo a estar incomunicado al quedar sin teléfono, sin cobertura o sin batería. 
  • Textaphrenia: aprensión constante por la llegada de mensajes nuevos, incluso cuando no hay notificaciones.
  • Vibraciones fantasmas: percepción ilusoria de que el teléfono vibra o suena, a pesar de que no lo hace.

Estos conceptos destacan cómo el abuso de los dispositivos móviles puede interferir en la vida diaria, y estudios recientes, como el de la Asociación Americana del Corazón, vinculan el tiempo excesivo frente a pantallas con riesgos para la salud cardíaca en jóvenes.

¿Trastorno mental?

Hay pocas dudas de que el uso excesivo de los teléfonos inteligentes representa un problema significativo para muchas personas. Entre los profesionales de la salud mental, persiste un debate sobre si se trata de una verdadera adicción o más bien de un trastorno relacionado con el control de impulsos. Diversas investigaciones sugieren que factores como la vulnerabilidad emocional y el entorno social amplifican estos riesgos, especialmente en adolescentes, donde el uso compulsivo se asocia con problemas como ansiedad y depresión.

Hay pocas dudas de que el uso excesivo de los teléfonos inteligentes es un problema para muchas personas y existe cierto debate entre los profesionales de la salud mental sobre si el uso problemático del móvil es realmente una adicción o el resultado de un problema de control de impulsos.

El Manual de Trastornos Mentales (DSM–5) de la Asociación Americana de Psiquiatría existe una patología con características similares al uso excesivo del teléfono móvil: el juego patológico, aunque no clasifica específicamente la adicción a Internet o móviles como un trastorno independiente, lo considera bajo el marco de adicciones comportamentales.

Los principales síntomas de adicción son:

  • Pérdida de control sobre el comportamiento.  
  • Dificultad para limitar o detener el uso.
  • Consecuencias negativas graves en el ámbito familiar, laboral o académico. 
  • Síntomas de abstinencia, como irritabilidad o ansiedad excesiva al no acceder al dispositivo.
  • Niveles elevados de estrés o estrés crónico.
  • Dificultad para conciliar el sueño.
  • Estado de ánimo depresivo.
  • Recaídas frecuentes después de períodos de abstinencia o evitación.

Se están realizando numerosos estudios sobre este tema, y la mayoría hacen saltar las señales de alerta, sobre todo hablando de los más jóvenes. Entre ellos, destaca el estudio de Cáritas de febrero de 2022 sobre el Impacto de las pantallas en la vida de la adolescencia y sus familias en situación de vulnerabilidad social: realidad y virtualidad. Estudios más recientes, como el de la Fundación Adsis sobre Usos TRICO y tecnoadicciones en población adolescente y joven en Canarias, refuerzan la necesidad de intervenciones preventivas.

El estudio de Cáritas revela que vivir en contextos de exclusión social no implica un mayor riesgo de adicción a las pantallas. El poder de las pantallas atrapa por igual a aquella juventud cuyas familias atraviesan por dificultades como a aquellas otras más integradas. El estudio concluye que la adicción y el uso abusivo están estrechamente ligados al absentismo y fracaso escolar, así como a problemas emocionales como aislamiento y baja autoestima. Estudios complementarios, como el de la ONTSI sobre el Impacto del aumento del uso de Internet y las redes sociales en la salud mental de jóvenes y adolescentes, confirman que el uso compulsivo agrava trastornos como la ansiedad y la depresión

Recomendaciones

El estudios de Cáritas propone una serie de recomendaciones dirigidas a la adolescencia y juventud, que comparto enteramente:

  1. Observar el grado de frustración o ansiedad generado por momentos sin acceso a contenidos digitales.
  2. Evaluar si las relaciones presenciales tienen más peso que las digitales en la vida cotidiana.
  3. Practicar actividades que involucren movimiento físico, contacto con la naturaleza y deporte para fomentar hábitos saludables.
  4. Desarrollar competencias digitales enfocadas en herramientas educativas, en lugar de centrarse solo en el ocio pasivo.
  5. Abordar las pantallas con una visión crítica, cuestionando la validez de la información recibida.
  6. Respetar las edades recomendadas para acceder a contenidos en línea, utilizando controles parentales si es necesario.
  7. Observar el uso que hacen los adultos de referencia de los dispositivos digitales y emular ejemplos positivos y equilibrados.
  8. Establecer hábitos y rutinas que promuevan pausas regulares para la desconexión digital.
  9. Evitar pagos innecesarios por contenidos digitales para reducir el impulso consumista.
  10. Reflexionar sobre la necesidad y frecuencia de «likes» o de exponer la imagen personal en redes, evaluando el impacto emocional de ese reconocimiento.
  11. Diferenciar entre las tres esferas de comunicación: virtual, digital y presencial, priorizando el equilibrio.
  12. Buscar ayuda ante interferencias o acoso en redes por parte de terceros.
  13. Gestionar la privacidad de los perfiles para proteger datos personales.
  14. Definir tiempos de estudio libres de distracciones digitales, activando modos como «avión» en los dispositivos.
  15. Tomar conciencia de lo que se comparte y su posible interpretación, recordando la permanencia de la huella digital.
  16. Ser respetuoso con los perfiles ajenos y actuar si se detecta falta de respeto en el entorno, reconociendo que detrás de cada perfil hay una persona con emociones.
  17. Saber pedir ayuda profesional si se identifican signos de dependencia o impacto negativo.

Por su parte, la Asociación Americana de Psiquiatría aconseja:

  1. Mantenga una actitud positiva: tómese el tiempo para considerar el impacto de sus palabras y evite involucrarse en interacciones tóxicas.
  2. Limite el tiempo frente a la pantalla: tome descansos regulares cuando utilice las redes sociales durante períodos prolongados y trate de limitarse a no más de unas pocas horas al día. Las familias pueden considerar el uso de controles parentales para limitar el acceso a ciertas aplicaciones de redes sociales o el tiempo dedicado a cada aplicación.
  3. Evite el «doomscrolling»: sea consciente de cómo lo que ve en las redes sociales afecta su estado de ánimo. Si el contenido que está viendo empieza a hacerle sentir envidia, estrés o depresión, puede que sea el momento de tomarse un descanso.
  4. Protéjase a sí mismo y a los demás: cuando utilice las redes sociales, tenga siempre en cuenta las preocupaciones sobre la privacidad y los estándares comunitarios. Nunca publique información personal confidencial ni denuncie comportamientos abusivos.

Conclusión

Las nuevas tecnologías no son malas ni buenas por sí mismas, todo depende del uso que se haga de ellas, pero eso sí, exigen responsabilidad.

 

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