Elon Musk ha afirmado en múltiples ocasiones que, en el futuro, la ciudadanía dispondrá de una «renta básica universal» (RBU) para corregir los efectos del desempleo causados por la robótica y la tecnología disruptiva (IA). También ha dicho que el trabajo será opcional, la abundancia eliminará la pobreza y el ahorro perderá sentido, ya que bienes y servicios serían extremadamente abundantes y baratos gracias a la IA y los robots. Esto es mucho decir, pero bueno.
La idea de una renta mínima para mitigar la pobreza no es nueva y ha sido defendida por pensadores e ideologías diversas, como humanistas (Tomás Moro, Juan Luis Vives), filósofos (Stuart Mill, Bertrand Russell) y economistas (Milton Friedman, James Tobin), pero genera interrogantes.
Es indiscutible que una RBU podría elevar los ingresos de hogares vulnerables y reducir la pobreza extrema, al garantizar un nivel mínimo de ingresos para cubrir necesidades vitales. Al ser universal e incondicional, evitaría la estigmatización asociada a subsidios condicionados y eliminaría las «trampas de pobreza» (donde ganar más reduce drásticamente las ayudas), pero genera intensos debates sobre su viabilidad económica, impacto en el mercado laboral y efectos sociales.
La RBU no estigmatizaría a quien la recibe porque todos la recibiríamos incondicionalmente; así, su implementación eliminaría el riesgo de pobreza absoluta y contribuiría a reducir la desigualdad social, al garantizar un nivel mínimo de ingresos para cubrir las necesidades básicas de toda la población. Sin embargo, existen debates y consideraciones sobre su viabilidad y su impacto tanto en la economía como en el mercado laboral.
Los detractores advierten varios riesgos asociados a la RBU: un posible incremento de la inflación que podría anular el valor real del dinero recibido; la distorsión del mercado laboral si disminuye el número de personas dispuestas a trabajar, ya que sus necesidades básicas estarían cubiertas; el riesgo de que, si la ciudadanía fuera requisito indispensable para recibirla, esta condición atraiga a inmigrantes que busquen obtenerla; la desviación de recursos que podrían destinarse a inversiones productivas capaces de generar riqueza; la dependencia del poder que la concede; entre otras.
Financiación de la RBU
En cuanto a cómo obtener los recursos económicos necesarios para sustentar la RBU, existen teorías que proponen financiarla mediante impuestos progresivos sobre la riqueza, la renta, el consumo y otros mecanismos fiscales innovadores que eviten la evasión. La idea es transferir recursos desde los sectores más ricos hacia los menos favorecidos, basándose en la previsión de que la riqueza tiende a concentrarse cada vez más en un número reducido de personas, lo que genera desigualdades sociales.
Un estudio de los profesores Jordi Arcarons, Lluís Torrens y Daniel Raventós defiende que la RBU es viable en España, aunque hay voces críticas como la de Rafael Domenech, recogida en el informe titulado Algunas Reflexiones sobre la Renta Básica Universal.
Otra fuente de financiación podría ser que los robots contribuyan a la riqueza nacional pagando impuestos. Esta idea ha sido propuesta por figuras como Bill Gates, quien argumenta que, dado que la automatización reemplaza empleos humanos, los robots deberían pagar impuestos similares a los que pagan los trabajadores. El objetivo es compensar el impacto negativo que la pérdida de empleos humanos puede generar en las finanzas públicas, que a su vez se ven obligadas a financiar la RBU para combatir la pobreza y corregir las desigualdades sociales.
En la práctica, no existe una RBU plena a nivel nacional en ningún país del mundo. En España, está el Ingreso Mínimo Vital pero no es universal ni incondicional.
Dependencia del poder
El problema que plantea la RBU es que, al ser un ingreso otorgado por el Estado, puede generar una situación de dependencia y subordinación hacia el poder público, dado que es este quien concede el beneficio y, en consecuencia, quien puede retirarlo o modificarlo a su conveniencia.
Esta dependencia se traduce en que las personas receptoras podrían verse limitadas en su autonomía política y económica, convirtiéndose en sujetos pasivos y vulnerables frente a las decisiones de quien ostenta el poder, hasta el punto de transformarse en una herramienta de control social y político. Así, si no están alineados con el poder y sus decisiones, podrían perder la RBU y quedarse sin recursos para cubrir sus necesidades vitales.
Pensemos en las llamadas «cartillas de abastecimiento» de países comunistas. Se trata de sistemas de racionamiento donde el Estado controla la distribución de recursos básicos, como alimentos y otros bienes. El tiempo demostró que son claramente insuficientes para garantizar la plena satisfacción de las necesidades vitales de la población, y un buen ejemplo es Cuba.
Si el poder público (Estado) es quien distribuye ese ingreso incondicional, pero también puede cesarlo o ajustarlo arbitrariamente, las personas dependientes quedarían expuestas a la voluntad política, replicando en cierta medida la vulnerabilidad estructural que existe con las cartillas de racionamiento comunistas.
Un riesgo importante es que la clase media termine desapareciendo, mientras que unos pocos (la élite tecnológica) concentran el poder económico y político, aumentando la desigualdad y la polarización social. Esto no es una distopía; en parte, ya está sucediendo.
Aristóteles dijo: «El fin del trabajo es ganar ocio». El ocio es necesario, pero en exceso es un problema. Puede ser una oportunidad para el desarrollo personal y colectivo, pero también puede generar problemas, incluso de salud mental porque la gente no encuentre un sentido a su vida.
Conclusión
Durante la Revolución Industrial apareció el concepto de «destrucción creativa», que refleja el proceso mediante el cual la economía progresa al eliminar lo viejo para dar paso a lo nuevo.
A principios del siglo XIX, la mecanización dejó sin empleo a miles de trabajadores que realizaban trabajos manuales o artesanales. Pronto surgieron nuevos empleos, pero se tardaron varias décadas en mitigar los efectos negativos de esa transformación. La transformación no fue pacífica, al menos en Inglaterra. Entre 1811 y 1816, decenas de artesanos y obreros destruyeron máquinas textiles y atacaron fábricas en señal de protesta al verse desplazados por las máquinas. Este movimiento se conoce como «Ludismo». El gobierno respondió con mano dura a estas protestas, llegando incluso a aprobar leyes que imponían la pena de muerte por destruir las maquinarias.
El ludismo nos recuerda la fuerza con la que los trabajadores han defendido su «status quo» frente a cambios disruptivos. No estoy seguro que la RBU sea la solución, pero urge idear medidas efectivas que corrijan las desigualdades sociales, para evitar estallidos de protestas sociales.
La revolución tecnológica provocará la pérdida de miles de empleos y la creación de otros nuevos, aunque no hay garantía de que sean suficientes. Todo indica que tendremos que atravesar un período difícil, similar al que enfrentaron durante la Revolución Industrial.
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