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JAVIER CASAL TAVASCI

Contratos Inteligentes o Smart Contracts

La Real Academia Española define el “contrato” como «pacto o convenio, oral o escrito, entre partes que se obligan sobre materia o cosa determinada, y a cuyo cumplimiento pueden ser compelidas». Dicha definición es simple, pero pone de manifiesto la esencia de cualquier contrato, que no es más que el concurso o acuerdo de voluntades entre dos o más partes que consienten en obligarse de forma recíproca, por ejemplo, una de las partes se compromete a prestar un determinado servicio y la otra se compromete a pagar el precio pactado una vez prestado dicho servicio.  

Los llamados “contratos inteligentes” o smart contracts en inglés son contratos, en tanto se ajustan a la definición dada, pero tienen características propias, que los hacen diferentes.

Como cualquier otro contrato, para formalizarlo es necesario que las partes alcancen un acuerdo, que será redactado en lenguaje natural, o sea, expresado en lenguaje no electrónico, y hasta es lo normal. Lo que les hace diferentes es la traslación del acuerdo a lenguaje informático, mediante el uso de la programación estructurada, por ejemplo, con instrucciones como «if» (si), «then» (entonces) y «else» (si no) que permiten fácilmente programar las instrucciones que debe ejecutar el contrato en cada caso. Se trata de trasladar la prosa contractual a un código informático, así, cumplidas ciertas condiciones o premisas, los acuerdos se ejecutarán automáticamente, sin necesidad de que las partes tengan que volver a intervenir. 

Si repasamos el contenido del Código Civil y su encaje con los smart contracts podemos pensar en la aplicabilidad del artículo 1.255, sobre la libertad de pactos, siempre que no sean contrarios a las leyes, a la moral y el orden público; del artículo 1.256, que impide condicionar la validez y el cumplimiento de los contratos al arbitrio de una de las partes; del artículo 1.261, que exige para la validez de pacto la concurrencia de consentimiento, objeto y causa; del artículo 1.278, que impone la obligatoriedad de los contratos y, en definitiva, de todo el Libro IV del Código Civil. Por lo tanto, no es necesario crear un marco normativo, pues ya existe. 

Ddcen que el rol del jurista se diluye con los smart contracts a raíz de la autoejecutabilidad. Todo lo contrario. El jurista es más importante que nunca, al tener que afinar en la redacción de los contratos para evitar imprecisiones y contradicciones. La dificultad está en prever todas las situaciones posibles, establecer condiciones concretas que una máquina pueda verificar y dar indicaciones expresas al programador para que traslade, con exactitud, las cláusulas del contrato al lenguaje informativo. Cualquier discrepancia puede dar lugar a resultados problemáticos y afectar a la validez del contrato. Un smart contract puede ser ineficaz, incluso declararse nulo. Tal declaración conllevaría efectos retroactivos, trasladándose a la «cadena de bloques» y causando un efecto dominio, de forma que, si cae una pieza, caen todas las siguientes. 

Un error bastante común es confundir los “contratos inteligentes” con la “Inteligencia Artificial” que se refiere a máquinas dotadas de capacidad de aprendizaje. Los contratos inteligentes, por llamarlos de alguna manera, se basan en la codificación condicional que nada tiene que ver con la independencia cognitiva de la Inteligencia Artificial. La inteligencia del contrato dependerá de la inteligencia de quien lo redacta.

El ciclo de vida de cualquier contrato –los smart contract no son una excepción– pasa por tres fases: generación, perfección y consumación. La fase de generación es la de negociación, la de perfección es en la que se da forma al pacto y la de consumación es en la que se da cumplimiento. En los contratos inteligentes, tras la fase de perfección, el código informático se incorpora al blockchain que garantiza su inalterabilidad. Nadie podrá modificar el acuerdo, de tal forma que el incorporado a la cadena será el que se ejecute. El registro compartido de las transacciones en el blockchain asegura la trazabilidad y dificulta la alteración del contenido de los contratos. Pueden ampliar la información sobre  blockchain en un artículo anterior que dejo enlazado aquí.  

Cuando se formaliza un contrato inteligente, hay datos que son desconocidos. Son datos futuros que condicionan el resultado de la ejecución del contrato. Estos datos son representados por variables a las que se asignará el valor obtenido de la consulta a una fuente electrónica de información, acordada por las partes, que se conocen como “oráculos”. Pongamos un ejemplo para entenderlo: tenemos un contrato de juego y apuesta, concebido como smart contract, sobre el ganador del próximo mundial de futbol. Para conocer el resultado, las partes acuerdan que el oráculo sea la página web de la FIFA. Celebrado la final, el programa informático que rige el contrato inteligente lanzará una pregunta al oráculo a fin de obtener la información necesaria para ejecutar el código que automatiza la apuesta. La ejecución del código permitirá determinar quiénes son los participantes ganadores, transfiriendo el pago del premio, de forma automática, a su cuenta. Es un ejemplo muy simple, pero ilustrativo. 

Los oráculos, como fuentes de información, también pueden ser dispositivos conectados a Internet, que proporcionarán las variables necesarias para ejecutar los contratos. Pongamos, por ejemplo, un agricultor que pierde su cosecha tras un temporal. Para ejecutar el contrato de seguro, el agricultor debe formular una reclamación en atención al cliente y esperar a su resolución con resultado incierto. El problema se resuelve con un smart contract. Las indemnizaciones se pagarían automáticamente en función de las variables proporcionadas por los oráculos acordados como fuentes de información por los intervinientes. 

Los usos de los smart contract son muchos. Por ejemplo, se pueden utilizar para controlar las cadenas de suministros. Los dispositivos conectados mediante múltiples sensores pueden registrar cada paso que da un producto y mejorar su trazabilidad, eliminando la posibilidad de errores, robos y extravíos. Otro  ejemplo: se pueden emplear para registrar el desarrollo de proyectos en el que intervienen diferentes empresas, liberando los pagos conforme van cumpliendo sus compromisos…

Estos contratos tienen fallos, pero no parece descabellado que tengan buena acogida en el ámbito comercial y de consumo, a fin y al cabo no son sino la culminación de los procesos de contratación en el ámbito digital. Sus ventajas se traducen en ahorro de costes y tiempo, si bien no están exentos de problemas y dificultades cuando las partes no hayan sido suficientemente exhaustivas en la previsión de los casos que resulten de la relación jurídica. También puede suceder que el código informático en el que se traduzca el contrato incorpore errores que hagan que no se comporte según lo estipulado por las partes, incluso pueden concurrir circunstancias exógenas y ajenas al contrato que condicionen su cumplimiento, por ejemplo, errores causados por los oráculos. En estos casos, se acudirá al auxilio de los sistemas legales tradicionales de resolución de conflictos.

A continuación, refiero las principales plataformas para desarrollar y ejecutar contratos inteligentes en blockchain:

  • Ethereum: su lenguaje de programación se llama Solidity y los contratos son ejecutados por su propia máquina virtual.
  • Hyperledger: un sistema open source (fuente abierta) desarrollado por Linux Foundation.
  • Counterparty: vinculado al mundo de las criptomonedas, permite desarrollar contratos sobre ella, mediante un sistema open source.
  • Polkadot: con un lenguaje más avanzado permite albergar cadenas dentro de cadenas, aumentado el número de transacciones.
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