Cuando uno termina la carrera y entra a trabajar en un despacho de abogados, lo hace como junior. Sus tareas iniciales son básicas pero esenciales: analizar los hechos del caso (a favor y en contra), identificar la legislación y jurisprudencia aplicables, redactar escritos sencillos y acompañar al senior al acto del juicio para tomar notas, observar y aprender. Ese proceso de aprendizaje, de hacer callo, es lo que tradicionalmente ha formado a los abogados durante años.
Hoy, sin embargo, una inteligencia artificial bien entrenada puede realizar gran parte de ese trabajo mecánico con mayor velocidad y precisión. En cuestión de minutos genera resúmenes, encuentra jurisprudencia, redacta borradores y elabora listas de argumentos, pero cuidado: la IA no es infalible, pues sufre alucinaciones, así, cuando no encuentra la jurisprudencia que necesita, simplemente se la inventa. Para detectar alucinaciones hay que conocer a fondo el Derecho; por ello, el estudio riguroso de legislación y jurisprudencia seguirán siendo imprescindibles.
Grandes despachos, que durante décadas fueron la puerta de entrada al mercado laboral para miles de jóvenes abogados, están replanteándose la contratación de juniors. Si la máquina hace en minutos lo que antes ocupaba días, ¿para qué seguir incorporando tantos pasantes?
Reducir el debate a si la IA sustituye a los juniors es un error. El aprendizaje profundo nunca ha venido de hacer resúmenes mecánicos ni de buscar jurisprudencia a mano. La IA ha venido para quedarse y por ello debemos aprender a manejarla para que aporte valor. Los juniors tendrán que evaluar lo que la IA propone, corregir errores, descartar opciones débiles y elegir la estrategia correcta.
Formar a un junior requiere tiempo y recursos. Pero ese esfuerzo no es un gasto: es la inversión en el relevo generacional y en la base sobre la que crecen los despachos. Negar esa oportunidad laboral a los jóvenes abogados para ahorrar costes a corto plazo es un error estratégico.
Conclusión
La tecnología no elimina el talento humano; simplemente cambia las reglas del juego. Quien aprenda a manejarla tendrá una ventaja decisiva. Quien la ignore, quedará atrás.
Esta reflexión no es exclusiva de la abogacía. Es aplicable a cualquier profesión liberal.
No se pierda nuestro podcast sobre el artículo


