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JAVIER CASAL TAVASCI

Modelos de Negocios Digitales (Parte II)

En línea con el último artículo publicado vamos a seguir hablando de modelos de negocios digitales.

Cuando una empresa nos ofrece una muestra de su producto de forma completamente gratuita, la cogemos, la probamos y si nos gusta la compramos. Esto es “más viejo que el Tebeo” pero funciona. Pues bien, este modelo se trasladó hace años al mundo digital, con una variante que se conoce como “Freemium”, que es la contracción en inglés de las palabras “Free” (gratis) y “Premium” (mejor). La idea es ofrecer un producto o contenido de forma gratuita mientras nos reservamos el mejor producto o contenido para que sea de pago. Si piensan un poco seguro que se les ocurre más de un negocio de este estilo, por ejemplo, la empresa Adobe nos ofrece gratis su Acrobat Standard y de pago su versión Acrobat Pro.

Similar al anterior tenemos el modelo de suscripción, es decir, pago una cuota fija y tengo acceso a diferentes contenidos. La ventaja es que tengo una base de clientes fija y un flujo continuo de ingresos predecibles, pues la suscripción es un pago anticipado. Ahora bien, este modelo no es apto para todas las empresas, pues obliga a generar contenido nuevo y atractivo para el suscriptor de forma constante. Como ejemplo piensen en Netflix. 

Otro modelo es conocido como “Peer to Peer” o “P2P” que se traduciría como “de igual a igual”. Esta formula permite poner en contacto a dos partes para realizar una transacción y su origen se remonta a los años sesenta del siglo pasado, cuando el Departamento de Defensa de los Estados Unidos creo una red de computadoras para compartir información entre ellas. Décadas más tarde, nacía Internet. La fórmula P2P la usan numerosas plataformas para compartir archivos, por ejemplo, eMule. Con el tiempo, esta fórmula ha evolucionado y gracias ello han surgido plataformas como Uber o Airbnb, que parecen haber inventado la pólvora, pero ya ven que no. El modelo es tan antiguo como el mismo Internet, solo han sabido adaptar el modelo a las necesidades del mercado, lo que no está exento de mérito, que todo hay que decirlo. 

La venta “por catálogo” es una de las modalidades de venta más antiguas. Cuanto más extenso es el catálogo, más oportunidades de venta hay, aunque lo lógico es centrar esfuerzos en vender aquello que la gente demanda en mayor cantidad, de forma que los productos más demandados son los que ocupan las primeras páginas del catálogo, pero no siempre las cosas son tan sencillas. Muchas veces resulta más interesante vender más cantidad de productos con menor demanda, que pocos muy demandados. A ese modelo de negocio se le conoce como “Long Tail”. 

Otro modelo, muy extendido en los últimos tiempos, es el conocido como “Social Selling”, que emplea las redes sociales para contactar e interactuar con potenciales clientes. Las redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter, LinkedIn, Pinterest…) son un gran expositor, que permite a cualquier negocio exhibir su catálogo de productos o servicios, promocionar nuevos lanzamientos, ganar notoriedad, potenciar su imagen de marca, realizar nuevos contactos y colaboraciones, etc. La contrapartida es la sobreexposición y el riesgo ha recibir valoraciones negativas, que pueden llegar a afectar al potencial cliente.

También cabe la posibilidad de recibir –a través de las redes sociales– opiniones perjudiciales para la empresa realizadas por clientes descontentos, antiguos trabajadores o empresas de la competencia, con ánimo de dañar su imagen reputacional, ante las que caben acciones reparadoras tanto civiles como penales. La Constitución no reconoce, en modo alguno, un pretendido derecho al insulto, de modo que no cabe utilizar, en ejercicio del derecho a la libertad de expresión constitucionalmente protegida, expresiones “formalmente injuriosas” (STC 192/1999, de 25 de octubre) o “absolutamente vejatorias” (STC 9/2007, de 15 de enero). Quedan prohibidas, y son perseguibles, aquellas expresiones que, al margen de su veracidad o inveracidad, resulten “ofensivas u oprobiosas o impertinentes para expresar las opiniones o informaciones de que se trate” (STS 41/2011, de 11 de abril).  

Como conclusión, les digo que un negocio digital no tiene por qué ceñirse a un modelo concreto. No pasa nada, si empiezan con un modelo de negocio y evolucionan o cambian a otro modelo con el transcurso del tiempo, lo que hay que es saber adaptarse a las circunstancias, a las necesidades del mercado y a los nuevos hábitos de consumo.

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